miércoles, 10 de junio de 2009

Releyendo "La Red"

Red de paraderos. Marcel Duchamp
_
Releyendo "La Red"
Juan Ramírez Guedes
_
El número ocho es el símbolo del infinito, un indefinido fluir y entrelazarse. Es el símbolo del infinito puesto de pie como si aquel fluir fuera algo que se desplaza de lo bajo hacia lo alto y viceversa.

Releyendo un artículo titulado "La red" publicado en 1992 en la revista de arquitectura "Periferia", en Sevilla, me encuentro, casi en la conclusión, con estas líneas:

"La escena final, manifiesto-happening de protesta contra el orden de la nueva ciudad, se presenta como una intrincada red de relaciones complejas, cuando la catástrofe desciende sobre la ciudad del orden, y todos están contra todos".
_
La ciudad a la que se refiere el artículo es una ciudad imaginaria, "Mahagonny", la ciudad de la ópera de Brecht y Weill, y es una "ciudad blanca, su orden es estricto, sus espacios equilibrados, su paz social es absoluta; funciona como una máquina perfecta... pero sus habitantes jamás podrán llegar a ser dichosos..."

Uno de sus más significativos habitantes, en un pasaje de la ópera hace esta afirmación: "Ah, con nuestra entera Mahagonny, ningún hombre podrá jamás ser dichoso, porque reina demasiada paz y demasiada concordia y porque existe demasiado en que poder confiar".

La ciudad aparentemente perfecta es una máquina de la insatisfacción y el desasosiego, el desasosiego y la incomodidad que se instalan en el ánimo ante un discurso de la realidad demasiado redondo y acabado para ser verosímil. La concordia muchas veces no es más que autocomplacencia o silencio.

La chispa de la duda y la inquietud salta siempre delante de aquello que se presenta como indiscutible. Todo lo incuestionable es sospechoso por definición, y todo lo "perfecto" esconde el germen de la inautenticidad; oculta en sus pliegues inmaculados la sombra de lo espurio.
_
La manera de ser de la ciudad es una manera de ser abierta, inconclusa, imperfecta, y es en esa imperfección en la que reside su vitalidad, su ser un ente vivo, abierto al poder ser. Todo lo vivo es perecedero, y lo que no lo es, es porque nunca ha estado vivo, porque su cristalina perfección es la de lo inorgánico y lo inerte.

En Heliópolis, Ernst Jünger reflexiona refiriéndose a la ciudad homónima: "Es el error del tejedor, el temblor de sus manos, lo que hace su dibujo irrepetible, tal como corresponde a las cosas perecederas".
_
La ciudad, el territorio, el paisaje, son realidades complejas. La ciudad contemporánea incluso tiende a difuminar la división anterior ciudad-territorio, y por ello es la sede más destacada del fenómeno de la complejidad. La ciudad, en términos generales, no se puede reducir a una categoría ideal, una única idea cerrada de ciudad, ni tampoco a ser el soporte de una colección de objetos pretendidamente deslumbrantes.

Si ello es cierto en términos generales, en nuestro caso concreto lo es aún más: un discurso ideal sobre la ciudad, el territorio, el paisaje, superponiéndose a (ocultando) la realidad del espacio canario, remanda a la relación entre el personaje y el cuadro en El retrato de Dorian Gray, y los objetos deslumbrantes lo son, para con su reflejo interferir, deslumbrar (quitar luz a), nuestra mirada sobre una realidad caracterizada por importantísimos desequilibrios territoriales, tanto formales como económicos y sociales, que dibujan un panorama de precariedad y desigualdad.

A riesgo de ser intempestivo, esta estetización de la ciudad y del territorio, del espacio contemporáneo en fin, nos lleva a plantearnos qué significa en realidad la palabra contemporáneo, palabra que sanciona y santifica un determinado paradigma estético. Lo contemporáneo es lo presente, lo actual, y así son contemporáneos también los conflictos irresolutos, las precariedades y carencias que emergen en diversos lugares de nuestro espacio. Si esta formulación se considera demagógica, forzoso es considerar, pues, demagógica a la propia realidad. Contemporánea es la marginalidad, la precariedad.

Si, como dice Heidegger, habitar es un construir fundante, estamos muy lejos de un habitar que dirija sus ojos al horizonte de un sentido, de una reconstitución de la polis, y mientras tanto seguimos pensando la arquitectura como la espuma de las olas saltando en el aire, espuma que ruge y brilla para luego deshacerse en nada.
_
El ocho es el símbolo de un infinito que con su caligrafía se entrelaza como una red cerrada y autorrefencial, regresando sobre sí mismo una y otra vez. Es también por tanto un símbolo de persistencia y de renovación y renacimiento, pero también de retorno y reiteración.

Hace ocho años que nos dejó Sergio Pérez Parrilla, cuyo artículo ha dado pie a esta reflexión. No sé si dentro de otros ocho años será preciso escribir otro en los mismos términos. Preferiría no hacerlo, como Bartleby. En cualquier caso, para ti Sergio, este recuerdo en el 2001.

Nota:

El texto precedente es un artículo escrito en 2001 rememorando la figura de Sergio T. Pérez Parrilla, arquitecto, profesor y amigo, catedrático de Proyectos Arquitectónicos de la ETS de Arquitectura de Las Palmas de Gran Canaria, con motivo del octavo aniversario de su prematura desaparición. En él me convocaba a mi mismo al siguiente número ocho, ese número símbolo del infinito ascendente. Ocho años después, he preferido reproducirlo, dada la persistencia de un diagnóstico que afecta la ciudad, el territorio y el paisaje, como una señal de retorno en estos tiempos de desmemoria.

Las Palmas de Gran Canaria, junio de 2009

Publicado en ETSALP: 40 AÑOS