sábado, 16 de junio de 2012
lunes, 29 de noviembre de 2010
Desarrollo sostenible: ¿racionalismo o ideología?

Central eléctrica, Granadilla, Tenerife. Foto: Juan Antonio González Pérez
Desarrollo sostenible: ¿Racionalismo o ideología?
Jabel Alejandro Ramírez Naranjo. Ingeniero Industrial
Premio software libre en ingeniería para la cooperación internacional
jabelr@gmail.com
La imagen del mundo en la era de las nuevas tecnologías muta constantemente y de forma acelerada. Esta es una premisa asumida por la sociedad contemporánea. Sin embargo, la cuestión de nuestro tiempo no haría referencia a la imagen sino más bien a lo permanente y sustancial que subyace tras dicha imagen, y que denominaremos en éste caso, esencia; ¿es la esencia de la era técnica también una característica cambiante? ¿Es posible aprehender, en alguna medida o dimensión, algo sólido y no perecedero en esto que hemos venido a denominar mundo contemporáneo? Habida cuenta de que, desde hace ya algún tiempo, el ser humano ha culminado la construcción de unas estructuras de sustentación de la sociedad, tanto fácticas como culturales, observables, ponderables y comprensibles solo a través del sistema tecnológico, es preciso preguntarse si, asimismo, el sistema moderno de la técnica aportaría los instrumentos necesarios y suficientes para dirigir y revisar estas estructuras; en otras palabras; ¿ es gobernable la nave de los locos, cuyo mástil es el árbol del conocimiento, sin acudir a nuevas cartas náuticas?, ¿o por el contrario va siendo hora de desarrollar una nueva teoría de la navegación?.
El momento presente supone una encrucijada histórica de horizonte amplio. Las señales de cambio son perceptibles; dos grandes corrientes que convergen, cortejadas por algunas turbulencias menores, son las causantes. Por un lado, se ha tornado en realidad palpable el desequilibrio que, en algunos procesos básicos del entorno físico se está produciendo. Procesos que influyen definitivamente en la capacidad del planeta para ser habitado por el ser humano. Y por otra parte, estas evidencias han salido a la luz en un momento de indefinición o crisis cultural. Estos dos grandes flujos que avanzan poderosamente, asolando todo lo que encuentran a su paso, en busca de un mar donde recobrar su equilibrio y cumplir su ciclo, amenazan con convertirse, durante el presente siglo, en la potencia que definirá el rumbo de toda la sociedad a nivel planetario. Este gran doble reto, hasta el momento, ha sido parado y templado por el otro único poder que es capaz de medírsele: La tecnología; comenzando así una nueva recreación de las batallas mitológicas que antaño, tal vez, hicieran de la Tierra de los hombres el campo de lucha entre dioses y titanes. Sin embargo, la técnica o sistema tecnológico, como nos referiremos indistintamente, adolece de tantos defectos como órgano pensante como virtudes posee como instrumento ejecutor. Su fuerza y su potencia emanan de profundidades insondables, mientras que sólo es posible planificar sus efectos observando su superficie cambiante. Surge la duda entonces, acerca de si esta potencia no estará animada a la postre por otra clase de agentes menos amables y no tan dispuestos a salvaguardar a la humanidad, ya que , al fin y al cabo, siendo juez y parte tanto como marco y contenido de la sociedad, es difícil no cuestionar su idoneidad de juzgársela autónoma, puesto que sería algo así como un intento munchhausiano de levitar tirándose del pelo.
A mediados de los noventa anunciaba Francis Fukuyama el fin de la historia, una nueva era de placidez capitalista en la que tanto las luchas como su misma necesidad habrían concluido. Derrotado su oponente socialista el fin del juego habría llegado, y un progreso lineal, cuasi-estático, sería el único futuro posible. Un futuro en el cual no permanecería ni la misma necesidad de seguir contando el tiempo, ya que toda posibilidad de novedad estaría fuera de lugar. Como vinieron a sugerir los hechos solo algunos años después, esta resultó ser una proposición errónea. Sin embargo, la profecía de Fukuyama quizá fuera mal comprendida o mal augurada porque, si bien resultó ser un rotundo desacierto si quiera sugerir un final para una forma sobre la que no conocemos ni su contorno, es posible que alguna de sus ideas estuviera más atinada, porque lo que vimos morir a finales de los noventa no fue la historia en sí misma, sino más bien, la historia de los grandes relatos como donadores de sentido global a la esfera político-cultural que nos guarecía hasta ese momento. Y fue precisamente en el ámbito de la industria cultural, y más concretamente, en el de la cultura de masas, en donde se dejó sentir con gran nitidez la ruptura política, ya que se produjo una evolución desde el lanzamiento de productos culturales impregnados por la confrontación ideológica, hasta una posición más centrada en la neutralidad política.
Con el fin de los grandes relatos también cristalizó la ruptura cultural que venía gestándose desde hacía mucho, prácticamente desde el final de la ilustración, si consideramos toda la posmodernidad como un estado de búsqueda jamás culminado. La ruptura provocó una fractura tal de todo el continente cultural occidental, que dejó únicamente pequeños fragmentos flotando a la deriva de corrientes nihilistas incapaces de fundar nuevos valores, como algunos esperaban de ellas al comienzo; resultando que, hasta el presente, solo se han conocido tímidos ensayos de construcción de sentido asediados por los fuertes embates del oleaje caótico e impredecible del mercado, que tiene como características la mutación, la velocidad, el simulacro y la imagen; las cuales comparte en cierta medida con el sistema tecnológico.
Estos acontecimientos acaecidos han conducido, en la actualidad, al surgimiento de un nuevo tipo de condiciones, abonadas por una polarización de distinto sentido en la conciencia de las nuevas generaciones que renuncian a los modelos fracasados, para la posible instauración de un renovado modelo cultural.
La gran corriente se dispone a asentarse con la creación de una nueva masa de aguas, y reconocer si será navegable es algo que nos atañe.
Durante su dilatada existencia, el pensador alemán Ernst Jünger fue uno de los pioneros, junto con Martin Heidegger, en la reflexión acerca del ascendiente de la técnica en la sociedad contemporánea. En el curso de su obra, trató de elucidar las consecuencias de la técnica moderna para el desarrollo de las grandes masas encarnadas en la figura del trabajador, así como su transmutación en poderes totalitarios, y además realizó un análisis de la guerra tecnológica como escenario paradigmático del cambio en el espíritu europeo. Fueron sus experiencias juveniles en la gran guerra, las que le permitieron captar que el ambiente híper mecanizado y deshumanizado, desatado por primera vez con la guerra total, en el que se encontraba, no constituían un hecho aislado, sino más bien una cabeza de puente del cambio en Europa y por ende en el Mundo. Fue uno de los desveladores de la nueva gran potencia que entraba en liza. Uno de sus principales méritos, oscurecidos quizás por su controvertida simpatía juvenil hacia ciertas ideas consideradas por algunos como precursoras del nazismo, lo constituye el hecho de haber señalado que la nueva capacidad de manipular y provocar al mundo físico tenía como contrapartida un cambio en la conciencia del sujeto por una lado, y en la cultura y fundamentación de la sociedad por otro, subrayando que eran estos cambios los auténticamente reveladores, y no los primeros. De esta forma, salió a la luz de la actualidad un hecho primordial y que nos atañe hoy más que nunca, a saber: Que las fuerzas transformadoras de la realidad están íntimamente ligadas a aquellas que transforman el pensamiento, y que unas desencadenan a las otras de forma recíproca.
Hoy, en nuestro mundo, volvemos a encontrarnos en una situación que habría dado mucho que pensar al propio Jünger. Dos escenarios de crisis confluyen, una crisis en el mundo físico y otra en el de las ideas, y desde la perspectiva del ser humano no es posible solucionar una sin atender a la otra. Esto es así porque, como se ha tratado más arriba, existen dudas más que fundadas acerca de la capacidad de la técnica como garante de su propio autogobierno, y porque, en relación a la crisis del pensamiento, un cambio de tal magnitud en nuestro mundo influirá obligatoriamente en nuestra visión del mismo. Por tanto, estos dos fenómenos estarían íntimamente influenciados.
Llegados a este punto de la argumentación debe entrar en escena el concepto de sostenibilidad y el de desarrollo sostenible. En primer lugar, debemos advertir que aunque tomados habitualmente como sinónimos, estos dos conceptos aluden a dos realidades claramente diferenciadas puesto que la sostenibilidad no es más que la cualidad o capacidad de hacer alguna cosa, o proceso, sostenible; mientras que el concepto de desarrollo sostenible quiere significar el conjunto de estrategias implementadas en la práctica socio-económica, con el fin de modificar aquellos modelos de relación con el entorno que actualmente contribuyen a su deterioro, convirtiéndolos de igual forma, en sostenibles. Es decir, estaríamos ante la aplicación práctica de ciertos enunciados teóricos.
Si observamos con detenimiento, tanto uno como el otro concepto, emanan de la idea de ser sostenible, pero, ¿qué significa que algo sea sostenible?
De la misma manera que las preocupaciones por la relación precaria entre el ser humano y el medio que le sustenta, tal como explicitó Malthus, son moneda corriente dentro de ciertos círculos minoritarios desde el inicio de la revolución industrial; la idea de la sostenibilidad no es tampoco de nuevo cuño. Ya desde el s.XVIII los fisiócratas franceses hablaban del aumento de las riquezas renacientes sin el menoscabo de los bienes de fondo. Y desde esa época hasta la actualidad, siempre ha existido, de alguna manera, cierta inquietud acerca de las consecuencias que, a largo plazo, se producirían sobre el medio ambiente a causa del ritmo despreocupado de producción de bienes y de utilización de los recursos naturales. Consecuencia de dicha inquietud, han sido los numerosos intentos de cristalizar en un discurso público las medidas conducentes a corregir dicha situación. Sin embargo, desafortunadamente, en todas las ocasiones ha resultado un discurso hegemónico de la praxis político-económica, relegando la cuestión de los fundamentos y del pensamiento subyacente a un segundo plano. Decimos desafortunadamente porque, con el tiempo, ha quedado claro que la naturaleza misma del asunto tiene como cualidades la complejidad, la globalidad, y la interculturalidad; y una visión meramente instrumental ni siquiera se acerca a tocar su verdadero núcleo.
A la pregunta por el significado del término “sostenible”, podríamos responder de muchas maneras dependiendo del bagaje conceptual en el que nos apoyemos; no es pues esta una cuestión baladí, habida cuenta de que la sanción general del concepto vendría a regular su aplicación en el mundo físico.
Si atendemos a la teoría de sistemas, un ente sostenible sería aquel que indefinidamente cumpliera su función en el seno del sistema sin perturbar el libre desarrollo de los demás entes que conforman la totalidad. Esta definición de sostenibilidad, si bien genera un marco, imponiendo ciertos límites, no arroja verdadera luz sobre el asunto, ya que no es más que un acercamiento genérico e insuficiente. De forma análoga, cualquier otra definición parcial o fragmentaria que pudieran ofrecer alguna de las demás visiones reguladoras del mundo actual, consideradas como respetables y veraces, y hablamos de todas aquellas disciplinas enmarcadas en el ideal tecno-científico, nos ofrecería una respuesta incompleta y dependiente de ciertas premisas previamente aceptadas, ya que, de alguna manera, este enfoque consiste en la búsqueda de respuestas partiendo de premisas asumidas, que juntas conforman hipótesis de mimetismo con la realidad.
Una breve mirada a la historia de las ideas de la cultura occidental nos permite observar además que, en su génesis, el paradigma epistemológico de la ciencia se basa en reducir todo lo que constituye su campo de estudio a un estatus de mero objeto, y se produce así una escisión de la realidad en dos componentes, el investigador y el resto de la realidad, que sería un objeto. Esta estrategia de cosificación invalidaría aún más su uso como referente en la construcción de un discurso articulador de la acción, puesto que, salta a la vista que lo auténticamente existente consiste en una realidad multi-dimensional y multi-subjetiva, donde no sólo intervendrían muchos actores, sino que considerar a la naturaleza como un simple objeto a la disposición del ser humano es, en sí misma, una actitud altamente inconveniente. Aún así, es el carácter ambiguo y globalmente inconsistente del concepto, tal y como se considera actualmente, el responsable de su peligrosidad; ya que esta indefinición le permite ser amoldado con facilidad a una pluralidad de intereses que podrían no estar en consonancia con su naturaleza original.
En síntesis, lo que se pretende comunicar es que, visto lo anterior, si bien el conjunto de disciplinas científicas y los medios técnicos son idóneos para la ejecución de las tareas, e incluso para su organización y análisis; no debe admitirse que ellas sean las únicas responsables de conceptuar el panorama, ni las relaciones, ni los valores, ni tan siquiera definir los objetivos. No deben actuar de forma exclusiva y unilateral, sino más bien verter su gran riqueza en las raíces del árbol de un nuevo conocimiento. De lo contrario, estaríamos corriendo el peligro de navegar con cartas equivocadas, que describan un mundo plano, con abismos, y más allá monstruos.
¿Debemos pues considerar inválida toda la formulación que hasta la fecha se ha venido haciendo del concepto de sostenibilidad y desarrollo sostenible?
Pensamos que no debería ser rechazado, pero tampoco aceptado. El alumbramiento de un concepto tan simbólico y difundido como éste, ha costado un gran esfuerzo de negociación durante un dilatado proceso; y como desafortunadamente las leyes que gobiernan el poder no son las mismas que las del pensamiento puro, debe considerarse un avance poder contar con él como oficialmente aceptado. Negarlo radicalmente sería tanto como negar también las importantes verdades que, aunque no de la mejor forma, encierra. Sin embargo tampoco debería ser aceptado, porque el auténtico objetivo es lograr el desarrollo un discurso capaz de hacer frente, de una manera holística, a los desafíos del presente, tanto medio ambientales, como sociales y culturales. Los cuales como hemos visto, son indisolubles.
El término “sostenible”, en fin, haría referencia, antes que a la capacidad de sostenerse que tendrían determinados procesos, entornos o fenómenos naturales; a la potencialidad de sostener a la civilización que los habita, es decir, es realmente de nuestras relaciones, de nuestras ocupaciones, y del sentido que les otorgamos, de nuestra cultura, en suma, de lo que hablamos cuando hacemos referencia a la sostenibilidad. Deseamos que la naturaleza se sostenga para así poder nosotros apoyarnos en ella, en su capacidad para soportar el entramado de nuestras estructuras. Se entiende, por lo tanto, que la acuñación de tales conceptos revele el temor a un desplome, un agotamiento de nosotros mismos y de nuestra civilización.
Nuestras sociedades tecnológicas temen el riesgo de colapso de un mundo que se ha tornado en limitado, pequeño, casi insuficiente para el poder desplegado por nuestros propios instrumentos. Y ciertamente, el riesgo reside en no ser capaces de conectar, en la complejidades conjugadas del espacio natural y del dominio social en los que vivimos; la tradición racionalista y humanista, en su sentido amplio, con los instrumentos que poseemos; lo cual nos conduciría por senderos equivocados cuyo desenlace serían la creación de otra ideología, un nuevo falso relato del sentido. En la otra cara, la oportunidad se encontraría en alumbrar un nuevo pensamiento auténtico dirigido en último término a la acción, al cambio.
sábado, 17 de enero de 2009
Iluminaciones y deslumbramientos
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Iluminaciones y deslumbramientos *:
notas sobre poética e idea de proyecto
Juan Ramírez Guedes
Iluminar y deslumbrar: en la primera acción la luz se proyecta sobre el objeto a fin de que los perfiles de su forma visible sean aclarados, puestos en claro, en lo claro; en la segunda acción, la de deslumbrar, la luz no es proyectada sobre el objeto sino sobre el sujeto, sobre los ojos que ven, y su efecto es el de privar de nitidez esa visión, su efecto es el de deslumbrar, des-iluminar, quitar luz, cegar, oscurecer.
Deslumbramiento y asombro son efectos sinónimos y mutuamente equivalentes. Asombrar es también poner en sombra.... Así la iluminación aclara, pone en luz y el deslumbramiento oculta, oscurece, pone en sombra.
Decía Jünger: “La forma transparente se da cuando profundidad y superficie se manifiestan al mismo tiempo a nuestra vista.” [1]. Ese es un efecto de la iluminación de que hablamos, la genera un esclarecimiento y muestra la cosa y su sentido en un solo acto. Esta iluminación, establece la recomposición poética de lo iluminado mostrando el objeto y su resonancia de sentido, lo que es y lo que tiende a construir, el sentido que organiza.
Walter Benjamín armaba sus Iluminaciones mediante la técnica de la imagen dialéctica: la construcción de imágenes que en su propia facticidad iconográfica contienen una posición crítica: lo que son y el sentido de lo que son; lo mostrado y su función en una descripción crítica de la realidad. El sentido de lo real que construyen.
La producción técnica del objeto, en la iluminación, se acompaña del sentido de ese objeto, de esa producción técnica.
Si la técnica tiene su fundamento en este concepto de Techné, que aglutina su significado instrumental y procedimental en el seno de una concepción más amplia como creación y saber, e incluso como arte entendido también en ese sentido originario y fundacional, la noción de poética, íntimamente vinculada a la anterior, encuentra su origen y referente en la Poiesis, como producción, creación, composición, construcción...
Vemos que técnica y poética en su sentido más originario hacen referencia común a la acción y el resultado de la actividad creadora, a la producción o generación. La Poiesis en una de sus acepciones se refiere también al acto de dar a luz, de alumbrar, de traer a la luz. Es decir que producir es, en ese sentido prístino, traer a la luz, hacer algo visible.
Retornando al análisis etimológico, tomamos la definición de la versión griega de forma, Morphé, en tanto que objeto de la acción de la poética:
Morphé: “Forma. La forma es ser delimitado. Es un exponerse y hacerse público, lleva y muestra al ente como aquello que es. (...) La forma está siempre en relación con Hylé (materia) y Eidon (idea).”[2]
Vemos que la forma en su origen conceptual constituye una delimitación, la definición de un específico campo de existencia, y que esta existencia se vincula a los conceptos de materia e idea. Y sobre esta última noción, interrogamos también al sentido originario:
Eidon: “Originalmente, idea, aquello que es avistado. Lo visible. El aspecto visible de las cosa .(...) Su función fundamental es penetrar en la luz y en lo claro .(...) La función principal del ver es, precisamente, la idea. (...) Modernamente expresa en cambio, una noción o representación mental que está sólo en nuestro pensamiento”.[3]
De este somero reconocimiento extraemos la incipiente conclusión de la conexión entre el significado originario de la noción de idea con el de poética: si esta representaba la producción y el modo de un hacerse visible, la idea es, en esta interpretación, lo visible mismo, y por ello, una función poética es la relativa a la de hacer visible el eidos, la idea., cuya función, por otra parte, es penetrar en lo claro, es decir, aclarar, dar sentido a esa producción. Iluminar.
Quisiera añadir, a este respecto, cómo este vínculo entre poética e idea, por más que pueda parecer un artificioso juego de palabras, a mi modo de ver plantea dos cuestiones que pueden ser de interés, más allá de la mera retórica: la primera, el desdoblamiento del concepto de poética en un doble significado, como producción y simultáneamente como sentido de esa producción[4], lo que la producción es y materialmente genera y su significación crítica, y con ello, redundantemente, su eventual sentido en relación a la realidad externa con la se mide; y, la segunda, ver cómo la idea, originariamente, no es un producto intelectual meramente especulativo y libérrimo, sino con una específica función, la de penetrar en lo claro, la de aclarar, la de entrar en el dominio de lo comprensible, y por ello razonable y comunicable. Es decir la idea, cuando lo es, ilumina.
La idea, como formulación de un argumento o una interpretación que puede dar lugar a un proyecto, debe ser una idea considerada en este sentido. Una idea que sea capaz de, partiendo de la complejidad de la realidad, tender a hacer clara y comprensible una vía de interpretación de la misma mediante el proyecto. No hablamos de una claridad deslumbrante (aquella de los deslumbramientos finalmente cegadores y oscurecedores y engañosos que tanto se prodigan en determinada arquitectura contemporánea), ni se reivindica la iluminación absoluta de la concepción idealista de la idea; no se trata de una idea absoluta, fija e inmóvil, platónica, sino de una idea particular y contingente. No es La Idea, sino la idea o las ideas que emana el flujo móvil del pensamiento enfrentado a la realidad contemporánea.
[1] Júnger Ernst: El corazón aventurero. (1979) Tusquets, Barcelona, 2003. pp.: 15.
[2] Rizzi, Renato: Le voci dell’ozio, Arsenale Editrice, Venezia, 1999. p. 44.
[3] Rizzi, Renato: Op. Cit. P. 29.
[4] Ramírez Guedes, Juan: Fragmentos para una poética de la ciudad contemporánea y líneas de fuga en el horizonte del proyecto. Proyecto Sur, Granada, 2003. pp.: 21, 135 y 138.
*Extracto de la conferencia del mismo título dictada en el CAAM , Centro Atlántico de Arte Moderno.



