lunes, 29 de noviembre de 2010

Desarrollo sostenible: ¿racionalismo o ideología?


Central eléctrica, Granadilla, Tenerife. Foto: Juan Antonio González Pérez

Desarrollo sostenible: ¿Racionalismo o ideología?

Jabel Alejandro Ramírez Naranjo. Ingeniero Industrial

Premio software libre en ingeniería para la cooperación internacional


jabelr@gmail.com

La imagen del mundo en la era de las nuevas tecnologías muta constantemente y de forma acelerada. Esta es una premisa asumida por la sociedad contemporánea. Sin embargo, la cuestión de nuestro tiempo no haría referencia a la imagen sino más bien a lo permanente y sustancial que subyace tras dicha imagen, y que denominaremos en éste caso, esencia; ¿es la esencia de la era técnica también una característica cambiante? ¿Es posible aprehender, en alguna medida o dimensión, algo sólido y no perecedero en esto que hemos venido a denominar mundo contemporáneo? Habida cuenta de que, desde hace ya algún tiempo, el ser humano ha culminado la construcción de unas estructuras de sustentación de la sociedad, tanto fácticas como culturales, observables, ponderables y comprensibles solo a través del sistema tecnológico, es preciso preguntarse si, asimismo, el sistema moderno de la técnica aportaría los instrumentos necesarios y suficientes para dirigir y revisar estas estructuras; en otras palabras; ¿ es gobernable la nave de los locos, cuyo mástil es el árbol del conocimiento, sin acudir a nuevas cartas náuticas?, ¿o por el contrario va siendo hora de desarrollar una nueva teoría de la navegación?.

El momento presente supone una encrucijada histórica de horizonte amplio. Las señales de cambio son perceptibles; dos grandes corrientes que convergen, cortejadas por algunas turbulencias menores, son las causantes. Por un lado, se ha tornado en realidad palpable el desequilibrio que, en algunos procesos básicos del entorno físico se está produciendo. Procesos que influyen definitivamente en la capacidad del planeta para ser habitado por el ser humano. Y por otra parte, estas evidencias han salido a la luz en un momento de indefinición o crisis cultural. Estos dos grandes flujos que avanzan poderosamente, asolando todo lo que encuentran a su paso, en busca de un mar donde recobrar su equilibrio y cumplir su ciclo, amenazan con convertirse, durante el presente siglo, en la potencia que definirá el rumbo de toda la sociedad a nivel planetario. Este gran doble reto, hasta el momento, ha sido parado y templado por el otro único poder que es capaz de medírsele: La tecnología; comenzando así una nueva recreación de las batallas mitológicas que antaño, tal vez, hicieran de la Tierra de los hombres el campo de lucha entre dioses y titanes. Sin embargo, la técnica o sistema tecnológico, como nos referiremos indistintamente, adolece de tantos defectos como órgano pensante como virtudes posee como instrumento ejecutor. Su fuerza y su potencia emanan de profundidades insondables, mientras que sólo es posible planificar sus efectos observando su superficie cambiante. Surge la duda entonces, acerca de si esta potencia no estará animada a la postre por otra clase de agentes menos amables y no tan dispuestos a salvaguardar a la humanidad, ya que , al fin y al cabo, siendo juez y parte tanto como marco y contenido de la sociedad, es difícil no cuestionar su idoneidad de juzgársela autónoma, puesto que sería algo así como un intento munchhausiano de levitar tirándose del pelo.

A mediados de los noventa anunciaba Francis Fukuyama el fin de la historia, una nueva era de placidez capitalista en la que tanto las luchas como su misma necesidad habrían concluido. Derrotado su oponente socialista el fin del juego habría llegado, y un progreso lineal, cuasi-estático, sería el único futuro posible. Un futuro en el cual no permanecería ni la misma necesidad de seguir contando el tiempo, ya que toda posibilidad de novedad estaría fuera de lugar. Como vinieron a sugerir los hechos solo algunos años después, esta resultó ser una proposición errónea. Sin embargo, la profecía de Fukuyama quizá fuera mal comprendida o mal augurada porque, si bien resultó ser un rotundo desacierto si quiera sugerir un final para una forma sobre la que no conocemos ni su contorno, es posible que alguna de sus ideas estuviera más atinada, porque lo que vimos morir a finales de los noventa no fue la historia en sí misma, sino más bien, la historia de los grandes relatos como donadores de sentido global a la esfera político-cultural que nos guarecía hasta ese momento. Y fue precisamente en el ámbito de la industria cultural, y más concretamente, en el de la cultura de masas, en donde se dejó sentir con gran nitidez la ruptura política, ya que se produjo una evolución desde el lanzamiento de productos culturales impregnados por la confrontación ideológica, hasta una posición más centrada en la neutralidad política.

Con el fin de los grandes relatos también cristalizó la ruptura cultural que venía gestándose desde hacía mucho, prácticamente desde el final de la ilustración, si consideramos toda la posmodernidad como un estado de búsqueda jamás culminado. La ruptura provocó una fractura tal de todo el continente cultural occidental, que dejó únicamente pequeños fragmentos flotando a la deriva de corrientes nihilistas incapaces de fundar nuevos valores, como algunos esperaban de ellas al comienzo; resultando que, hasta el presente, solo se han conocido tímidos ensayos de construcción de sentido asediados por los fuertes embates del oleaje caótico e impredecible del mercado, que tiene como características la mutación, la velocidad, el simulacro y la imagen; las cuales comparte en cierta medida con el sistema tecnológico.

Estos acontecimientos acaecidos han conducido, en la actualidad, al surgimiento de un nuevo tipo de condiciones, abonadas por una polarización de distinto sentido en la conciencia de las nuevas generaciones que renuncian a los modelos fracasados, para la posible instauración de un renovado modelo cultural.

La gran corriente se dispone a asentarse con la creación de una nueva masa de aguas, y reconocer si será navegable es algo que nos atañe.

Durante su dilatada existencia, el pensador alemán Ernst Jünger fue uno de los pioneros, junto con Martin Heidegger, en la reflexión acerca del ascendiente de la técnica en la sociedad contemporánea. En el curso de su obra, trató de elucidar las consecuencias de la técnica moderna para el desarrollo de las grandes masas encarnadas en la figura del trabajador, así como su transmutación en poderes totalitarios, y además realizó un análisis de la guerra tecnológica como escenario paradigmático del cambio en el espíritu europeo. Fueron sus experiencias juveniles en la gran guerra, las que le permitieron captar que el ambiente híper mecanizado y deshumanizado, desatado por primera vez con la guerra total, en el que se encontraba, no constituían un hecho aislado, sino más bien una cabeza de puente del cambio en Europa y por ende en el Mundo. Fue uno de los desveladores de la nueva gran potencia que entraba en liza. Uno de sus principales méritos, oscurecidos quizás por su controvertida simpatía juvenil hacia ciertas ideas consideradas por algunos como precursoras del nazismo, lo constituye el hecho de haber señalado que la nueva capacidad de manipular y provocar al mundo físico tenía como contrapartida un cambio en la conciencia del sujeto por una lado, y en la cultura y fundamentación de la sociedad por otro, subrayando que eran estos cambios los auténticamente reveladores, y no los primeros. De esta forma, salió a la luz de la actualidad un hecho primordial y que nos atañe hoy más que nunca, a saber: Que las fuerzas transformadoras de la realidad están íntimamente ligadas a aquellas que transforman el pensamiento, y que unas desencadenan a las otras de forma recíproca.

Hoy, en nuestro mundo, volvemos a encontrarnos en una situación que habría dado mucho que pensar al propio Jünger. Dos escenarios de crisis confluyen, una crisis en el mundo físico y otra en el de las ideas, y desde la perspectiva del ser humano no es posible solucionar una sin atender a la otra. Esto es así porque, como se ha tratado más arriba, existen dudas más que fundadas acerca de la capacidad de la técnica como garante de su propio autogobierno, y porque, en relación a la crisis del pensamiento, un cambio de tal magnitud en nuestro mundo influirá obligatoriamente en nuestra visión del mismo. Por tanto, estos dos fenómenos estarían íntimamente influenciados.

Llegados a este punto de la argumentación debe entrar en escena el concepto de sostenibilidad y el de desarrollo sostenible. En primer lugar, debemos advertir que aunque tomados habitualmente como sinónimos, estos dos conceptos aluden a dos realidades claramente diferenciadas puesto que la sostenibilidad no es más que la cualidad o capacidad de hacer alguna cosa, o proceso, sostenible; mientras que el concepto de desarrollo sostenible quiere significar el conjunto de estrategias implementadas en la práctica socio-económica, con el fin de modificar aquellos modelos de relación con el entorno que actualmente contribuyen a su deterioro, convirtiéndolos de igual forma, en sostenibles. Es decir, estaríamos ante la aplicación práctica de ciertos enunciados teóricos.

Si observamos con detenimiento, tanto uno como el otro concepto, emanan de la idea de ser sostenible, pero, ¿qué significa que algo sea sostenible?

De la misma manera que las preocupaciones por la relación precaria entre el ser humano y el medio que le sustenta, tal como explicitó Malthus, son moneda corriente dentro de ciertos círculos minoritarios desde el inicio de la revolución industrial; la idea de la sostenibilidad no es tampoco de nuevo cuño. Ya desde el s.XVIII los fisiócratas franceses hablaban del aumento de las riquezas renacientes sin el menoscabo de los bienes de fondo. Y desde esa época hasta la actualidad, siempre ha existido, de alguna manera, cierta inquietud acerca de las consecuencias que, a largo plazo, se producirían sobre el medio ambiente a causa del ritmo despreocupado de producción de bienes y de utilización de los recursos naturales. Consecuencia de dicha inquietud, han sido los numerosos intentos de cristalizar en un discurso público las medidas conducentes a corregir dicha situación. Sin embargo, desafortunadamente, en todas las ocasiones ha resultado un discurso hegemónico de la praxis político-económica, relegando la cuestión de los fundamentos y del pensamiento subyacente a un segundo plano. Decimos desafortunadamente porque, con el tiempo, ha quedado claro que la naturaleza misma del asunto tiene como cualidades la complejidad, la globalidad, y la interculturalidad; y una visión meramente instrumental ni siquiera se acerca a tocar su verdadero núcleo.

A la pregunta por el significado del término “sostenible”, podríamos responder de muchas maneras dependiendo del bagaje conceptual en el que nos apoyemos; no es pues esta una cuestión baladí, habida cuenta de que la sanción general del concepto vendría a regular su aplicación en el mundo físico.

Si atendemos a la teoría de sistemas, un ente sostenible sería aquel que indefinidamente cumpliera su función en el seno del sistema sin perturbar el libre desarrollo de los demás entes que conforman la totalidad. Esta definición de sostenibilidad, si bien genera un marco, imponiendo ciertos límites, no arroja verdadera luz sobre el asunto, ya que no es más que un acercamiento genérico e insuficiente. De forma análoga, cualquier otra definición parcial o fragmentaria que pudieran ofrecer alguna de las demás visiones reguladoras del mundo actual, consideradas como respetables y veraces, y hablamos de todas aquellas disciplinas enmarcadas en el ideal tecno-científico, nos ofrecería una respuesta incompleta y dependiente de ciertas premisas previamente aceptadas, ya que, de alguna manera, este enfoque consiste en la búsqueda de respuestas partiendo de premisas asumidas, que juntas conforman hipótesis de mimetismo con la realidad.

Una breve mirada a la historia de las ideas de la cultura occidental nos permite observar además que, en su génesis, el paradigma epistemológico de la ciencia se basa en reducir todo lo que constituye su campo de estudio a un estatus de mero objeto, y se produce así una escisión de la realidad en dos componentes, el investigador y el resto de la realidad, que sería un objeto. Esta estrategia de cosificación invalidaría aún más su uso como referente en la construcción de un discurso articulador de la acción, puesto que, salta a la vista que lo auténticamente existente consiste en una realidad multi-dimensional y multi-subjetiva, donde no sólo intervendrían muchos actores, sino que considerar a la naturaleza como un simple objeto a la disposición del ser humano es, en sí misma, una actitud altamente inconveniente. Aún así, es el carácter ambiguo y globalmente inconsistente del concepto, tal y como se considera actualmente, el responsable de su peligrosidad; ya que esta indefinición le permite ser amoldado con facilidad a una pluralidad de intereses que podrían no estar en consonancia con su naturaleza original.

En síntesis, lo que se pretende comunicar es que, visto lo anterior, si bien el conjunto de disciplinas científicas y los medios técnicos son idóneos para la ejecución de las tareas, e incluso para su organización y análisis; no debe admitirse que ellas sean las únicas responsables de conceptuar el panorama, ni las relaciones, ni los valores, ni tan siquiera definir los objetivos. No deben actuar de forma exclusiva y unilateral, sino más bien verter su gran riqueza en las raíces del árbol de un nuevo conocimiento. De lo contrario, estaríamos corriendo el peligro de navegar con cartas equivocadas, que describan un mundo plano, con abismos, y más allá monstruos.

¿Debemos pues considerar inválida toda la formulación que hasta la fecha se ha venido haciendo del concepto de sostenibilidad y desarrollo sostenible?

Pensamos que no debería ser rechazado, pero tampoco aceptado. El alumbramiento de un concepto tan simbólico y difundido como éste, ha costado un gran esfuerzo de negociación durante un dilatado proceso; y como desafortunadamente las leyes que gobiernan el poder no son las mismas que las del pensamiento puro, debe considerarse un avance poder contar con él como oficialmente aceptado. Negarlo radicalmente sería tanto como negar también las importantes verdades que, aunque no de la mejor forma, encierra. Sin embargo tampoco debería ser aceptado, porque el auténtico objetivo es lograr el desarrollo un discurso capaz de hacer frente, de una manera holística, a los desafíos del presente, tanto medio ambientales, como sociales y culturales. Los cuales como hemos visto, son indisolubles.

El término “sostenible”, en fin, haría referencia, antes que a la capacidad de sostenerse que tendrían determinados procesos, entornos o fenómenos naturales; a la potencialidad de sostener a la civilización que los habita, es decir, es realmente de nuestras relaciones, de nuestras ocupaciones, y del sentido que les otorgamos, de nuestra cultura, en suma, de lo que hablamos cuando hacemos referencia a la sostenibilidad. Deseamos que la naturaleza se sostenga para así poder nosotros apoyarnos en ella, en su capacidad para soportar el entramado de nuestras estructuras. Se entiende, por lo tanto, que la acuñación de tales conceptos revele el temor a un desplome, un agotamiento de nosotros mismos y de nuestra civilización.

Nuestras sociedades tecnológicas temen el riesgo de colapso de un mundo que se ha tornado en limitado, pequeño, casi insuficiente para el poder desplegado por nuestros propios instrumentos. Y ciertamente, el riesgo reside en no ser capaces de conectar, en la complejidades conjugadas del espacio natural y del dominio social en los que vivimos; la tradición racionalista y humanista, en su sentido amplio, con los instrumentos que poseemos; lo cual nos conduciría por senderos equivocados cuyo desenlace serían la creación de otra ideología, un nuevo falso relato del sentido. En la otra cara, la oportunidad se encontraría en alumbrar un nuevo pensamiento auténtico dirigido en último término a la acción, al cambio.