lunes, 23 de mayo de 2011

La Isla de Hidrógeno. Presentación de Sonia Mauricio























La Isla de Hidrógeno es un ensayo, una novela y un experimento. Y a su vez el libro como objeto es un artefacto original y decorativo perfectamente planificado por la estética de PSJM. A través de sus páginas, se superpone la narración de una historia con un ensayo que remite a un tema universal e inagotable: la condición humana y sus posibilidades de construir un mundo mejor. Una Utopía que marca sinergias sobre la propia narración.

Utopía, un concepto ideal que desde el primer momento imprime a la novela luces y  sombras que remiten a La Caverna de Platón. Luces que aspiran a una unidad entre belleza y bien universal. Sombras que marcan la grieta y le dan el vuelco a la construcción.

La Isla de Hidrógeno se enmarca en un lugar imaginario a caballo entre la utopía griega y un futuro empático. Espacio de atmósferas puras de  energías alternativas donde ya no cabe la antigua tiranía de los combustibles fósiles. Marco idílico donde todos los ciudadanos se aman y nadie quiere tener más poder que el otro, regido por auténticos mecanismos de democracia directa. Lugar donde se tratan de realizar los ideales platónicos de que “si se practica lo bueno, irremediablemente se admira lo bello”. Paisajes de preciosas cúpulas semiesféricas y lagos cristalinos donde los niños juegan con bolas de colores y el asteroide 323, un robot al estilo del androide C-3PO de La Guerra de Las Galaxias, hace su declaración:

“Competitividad. Ganadores y perdedores, vencedores y vencidos. Nada de eso existe ya...Un mundo donde has de ser el mejor, estar por encima. Arriba y abajo. Héroes y masas. Todo eso, hoy, es extraño a nuestro mundo. Pero existió, y las personas vivieron miles de años encerradas en esa cruel selva de depredadores y presas".

Al contrario, La Isla de Hidrógeno configura un mundo donde rigen las máximas de Schiller de que el trabajo es un juego que produce placer y no alienación. Un proyecto del que participan arquitectos, ingenieros, artistas y poetas conectados por líneas transparentes de flujo. Mallas que establecen una red orgánica donde se albergan actividades y experiencias, alojamientos, restaurantes, fábricas y granjas, talleres y laboratorios.

Para diseñar este entramado PSJM utiliza imágenes oníricas, arquitecturas y materiales de la invención muchos de ellos cinematográficos que recuerdan a los de la película Origen de Nolan donde Di Caprio dirige a un equipo que tiene acceso a una tecnología que les permite entrar en las mentes de las personas a través de sus sueños.

Y del proyecto colectivo la narración pasa a las historias de sus personajes. Entre ellas, la de Estela Diermissen, artista joven y sensible, que le da el primer quiebro a ese mundo perfecto y empático. A partir de ahí la incertidumbre penetra en La Isla creando una atmósfera de extrañamiento, como la que logra Bioy Casares en El experimento de Morel.  En la novela de PSJM ese espacio se sitúa en una enorme sala enladrillada donde se simboliza un cubo negro que como un reflectante monumento envenena los espacios puros de la Isla de Hidrógeno. Detrás de sus rincones se camufla el inquietante Ernesto Winkler que introduce los guiños a la nueva novela sueca de la que PSJM, Pablo y Cynthia, se consideran deudores.

 Y como hilo conductor la protagonista Celia, que al estilo de Alicia en el País de las Maravillas, muestra una mirada que podría parecer ingenua en un primer momento pero que luego resulta muy certera. Es ella la eligida para frente a la pantalla digital descubrir las claves de POWER, serial que como una caja dentro de otra muestra en clave de cómic algunas paradojas de la condición humana y sus continuas contradicciones.

Es ahí donde  La Isla de hidrógeno abre el debate sobre las revoluciones y las causas y mecanismos psicológicos del fanatismo. Y cabe preguntarse si las utopías sociales o colectivas no acaban siendo dirigidas en muchos casos por una élite que se considera por encima de la masa. Elegidos que han de llevar a mejor destino a la humanidad y cuyas expectativas de transformación a cualquier precio no son sólo patrimonio de mentalidades planas sino que pueden ser compatibles con la sofisticación científica e intelectual que pone al servicio de sus fines los recursos más insospechados.

Y es donde esta narración suscita cuestiones sobre los que ya reflexionaba Hannah Arendt en  Los orígenes del totalitarismo en el otoño de 1949, cuatro años después de la derrota de la Alemania de Hitler y menos de cuatro años antes de la muerte de Stalin. Palabras las de Hannah Arendt que repetidas en pleno siglo XXI siguen con la misma actualidad:

“Es como si la humanidad se hubiese dividido entre quienes creen en la omnipotencia humana (los que piensan que todo es posible si uno sabe organizar las masas para lograr ese fin) y aquellos para los que la impotencia ha sido la experiencia más importante de sus vidas…El designio totalitario de conquista global y de dominación total ha sido el escape destructivo a todos los callejones sin salida. Su victoria puede coincidir con la destrucción de la humanidad; donde ha dominado, comenzó por destruir la esencia del hombre. Pero volver la espalda a las fuerzas destructivas del siglo resulta escasamente provechoso.”

Después de estas palabras de Hannah Arendt respecto a los totalitarismos del siglo XX surge la pregunta de si hoy estamos más cerca de la utopía de una sociedad en la que desaparecen los conceptos de poder, dominación y explotación.

Creo que las imágenes de Fukushima exhalando energía envenenada, la guerra de Libia o el desenlace de Bin Laden en el último capítulo de una Guerra de Civilizaciones, que no rehuye la violencia y la tortura para lograr una supuesta justicia universal, son un ejemplo más de la ruptura definitiva de nuestra sociedad actual con el ideal de progreso, que ya se quebró tras la Alemania nazi y no se ha vuelto a recomponer.

Hoy, estamos inmersos en una era de la incertidumbre después de la modernidad, posmodernidad, transmodernidad o cualquier etiqueta que se le quiera poner a estos tiempos convulsos de principios del XXI. Y es ahora cuando no podemos olvidar que el tejido cívico de la modernidad, esa urdimbre sobre la que se cimenta nuestra moral laica y moderna, se halla en peligro no sólo ante el auge de todo tipo de totalitarismos de Estado, sino también ante los embates mediáticos (de una realidad filtrada por los intereses económicos). Embates corporativos y burocráticos o administrativos de la modernidad avanzada, que se jacta de haber superado el pasado totalitario. En este sentido, creo que es importante luchar porque estos espacios de libertad y crítica se fortalezcan. Y no paralizarnos sino seguir apostando por mayores logros respecto a igualdad y tolerancia.  Por eso, me gusta la apertura del final de la Isla de Hidrógeno al que nos lleva su protagonista Celia, y que no desvelaré, pero que coincide en su filosofía con la conclusión del ensayo de Hannah Arendt:

“Pero también permanece la verdad de que cada final en la historia contiene necesariamente un nuevo comienzo: este comienzo es la promesa, el único “mensaje” que el fin puede producir. El comienzo, antes de convertirse en un acontecimiento histórico, es la suprema capacidad del hombre y de la mujer que políticamente, se identifica con la libertad. Este comienzo es garantizado por cada nuevo nacimiento; este comienzo lo constituyen, desde luego, cada mujer y cada hombre.”

Muchas gracias y felicidades de nuevo a Pablo y Cynthia.

Sonia Mauricio Subirana